LOWLANDSPRESS

Rostro conocido
Un thriller psicológico
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Reinier Klopper es el dentista de Zuiderwaard. Conoce la dentadura de medio pueblo, y es de los que a eso lo llaman simplemente trabajo. Una mañana de sábado cualquiera, su vecina comparte en la app del barrio un clip de su timbre inteligente: hay un hombre delante de la puerta del propio Reinier, y la app le pone un nombre debajo. Ferdinand. Su mejor amigo del instituto, que lleva veinte años viviendo en Suecia.
Dieciocho vecinos han visto ya el clip cuando Reinier sabe una sola cosa con certeza: el hombre de la puerta no es Ferdinand. Por qué está tan seguro es algo que lleva treinta y un años sin contar a nadie. En el verano de 1998, un compañero de clase se ahogó en los Westeinderplassen, y Reinier fue el chico del camino que solo contó lo que había visto. No lo que pensaba.
En dos semanas el pueblo se vuelve contra el hombre equivocado, y entonces aparece otro muerto en la misma calle de Reinier. Para demostrar lo que de verdad ocurrió en 1998, tendrá que decir en voz alta lo que ha pensado de su mejor amigo durante treinta y un años. Y descubrir que un timbre no conoce rostros, solo nombres.
Una etiqueta no es un rostro.
Datos del producto
- Editorial
- Lowlands Press
- Idioma
- Español
- Páginas (Tapa blanda)
- 513
- Páginas (Tapa dura)
- 412
- Palabras
- 105.009
- ISBN (Tapa blanda)
- 979-8165589126
Lee el principio
El principio del libro, las mismas páginas que una tienda deja hojear. Sigue leyendo en cualquiera de las tiendas de arriba.
Prólogo
vertigo ring 4 · voordeur waterlelie 49 · 06/10/2029 09:02:57 beweging: persoon · zone 'stoep 47' · live beeld beschikbaar bekend gezicht herkend: ferdinand (vriend reinier) label sinds 21/12/2016 · overeenkomst 0,91 deurbel 49: niet ingedrukt · opname loopt tik om te bekijken · delen · corrigeren
A las nueve y dos minutos, el teléfono que había sobre la mesa de la cocina del número cuarenta y nueve de Waterlelie dio tres tonos ascendentes y después dijo, con una voz que no era de nadie: rostro conocido identificado. Después, un nombre.
Llovía. El agua bajaba en franjas rectas por la ventana de la cocina y se acumulaba en la parte baja del marco. A la mesa estaba sentada Herminia Klaver, sesenta años, con una rebeca gris abrochada hasta arriba y unas gafas de leer bajas sobre la nariz. Delante de ella, una agenda de mesa abierta por la semana en curso. En el martes ponía asociación de vecinos 20:00, y debajo una sola línea en bolígrafo azul, con una a que no cerraba. Junto a la agenda, una taza de café de la que todavía salía vapor. Junto a la taza, el teléfono, con la pantalla hacia arriba.
Dejó el bolígrafo en el pliegue de la agenda y cogió el teléfono.
En la pantalla no estaba su propia entrada. La cámara de al lado de su puerta miraba en diagonal, por encima de la verja baja y a lo largo del seto, y recogía la puerta del número cuarenta y siete en la esquina de la imagen. A esa esquina ella le había puesto un nombre propio en la app, años atrás. En esa esquina había un hombre.
Herminia se enderezó las gafas y tocó la imagen. Se hizo grande.
Un hombre con un chubasquero azul, la capucha medio caída. Calvo en la coronilla, rubio claro en las sienes. Estaba delante de la puerta del cuarenta y siete y miraba esa puerta, no la cámara que lo tenía encuadrado de lado. Alrededor de su cabeza la app dibujaba un cuadrado blanco y fino que se movía con él. Debajo del cuadrado había una línea de texto.
«Ferdinand, amigo de Reinier».
El hombre pulsó el timbre del cuarenta y siete. Una vez. Detrás del ventanuco de al lado de la puerta siguió todo a oscuras, y en el felpudo seguía el periódico de la mañana dentro de su funda de plástico.
Esperó. No volvió a llamar.
Herminia tocó «compartir». La app preguntó adónde. Eligió el grupo que estaba arriba del todo, Waterlelie & omstreken, y escribió con un solo pulgar, con las gafas todavía en la nariz:
«Reinier, ¿el que está en tu puerta es tu amigo Ferdinand?»
Pulsó enviar. Su pregunta quedó en lo alto del grupo, por encima de un mensaje sobre un contenedor de basura que el viento había tumbado y de la foto de un gato gris que no aparecía desde el jueves. Debajo de la pregunta apareció un rectángulo gris con un pequeño triángulo dentro: el clip, cargando todavía.
Volvió a la app del timbre.
En la entrada, el hombre miró el reloj. Se giró a medias, hacia la cámara, y la capucha le resbaló un poco más de la cabeza. El cuadrado siguió su cara. La línea de debajo no cambió. Luego bajó por la entrada, pasó junto a la verja y salió de la imagen.
La app escribió «persona sale del encuadre», añadió la duración de la grabación y guardó el clip con los demás clips de esa semana. Debajo del clip apareció una pregunta en letra pequeña, «¿Es correcta esta identificación?», con un «sí» y un «no» al lado.
Herminia dejó el teléfono en la mesa, con la pantalla hacia arriba.
Se levantó, recorrió el pasillo hasta el salón y apartó el visillo un palmo. La entrada del cuarenta y siete estaba vacía. Llovía sobre la verja, sobre el periódico en su funda, sobre las baldosas del porche, donde el agua se quedaba en las juntas. Por el carril bici que bordeaba el estanque no pasaba nadie. Dejó caer el visillo.
En la cocina volvió a sentarse. Giró la agenda un cuarto de vuelta hacia ella, leyó lo que ponía en el martes y no añadió nada. Bebió un poco de café. Luego volvió a coger el teléfono y lo apoyó de pie contra la taza, con la pantalla hacia ella.
La app del barrio seguía abierta. Debajo de su pregunta corría un contador.
«Waterlelie & omstreken · leído por 18 · 09:04»
Debajo del contador fueron apareciendo pulgares, uno tras otro, de gente que en una mañana de sábado lluviosa ya tenía el teléfono en la mano. Nadie contestó nada.
Alguien puso un corazón.
Capítulo 1
El sábado empezó con una niebla que no quería irse. Reinier estaba sentado en la silla plegable delante de la casita, con una taza de café entre las dos manos, y miraba la laguna que el folleto había llamado estanque y que con aquel tiempo parecía más bien un pantano con sauces. Jip llevaba un rato junto al agua con la caña, a la derecha, donde las ramas colgaban bajas. Sien tenía el libro en el regazo y no leía. Miraba la misma agua que Reinier, con un jersey suyo que él daba por perdido, y había subido las rodillas hasta esconderlas bajo la lana.
Roosje estaba sentada a su lado, en una silla igual que la suya pero más hundida. Había visto que él estaba en otra parte y no en aquella silla; lo había visto antes que él.
—Rein —dijo—. Has mirado el móvil tres veces.
—Herminia.
—¿Qué quiere?
—Ha mandado algo.
Lo dijo como decía en la consulta que había que sacar una muela del juicio: con calma, y con un silencio detrás que daba al otro un segundo para preguntar algo más. Roosje no preguntó nada. Él sacó el móvil del bolsillo del chubasquero y abrió la app del barrio, Waterlelie & omstreken. El mensaje estaba arriba del todo. Dieciocho vecinos lo habían leído; debajo del texto había unos cuantos pulgares y un solo corazón.
«Reinier, ¿el que está en tu puerta es tu amigo Ferdinand?»
Debajo de la pregunta, un clip corto, con la miniatura ya cargada: la entrada de su propia casa, en diagonal, desde un lado. Reinier abrió el clip. La imagen dio un salto al arrancar, y la app puso debajo su línea de siempre, en una letra que nadie en el barrio había elegido nunca. «Vertigo Ring 4 · 06/10/2029 · 09:02:57 · puerta principal waterlelie 49 · rostro conocido: Ferdinand».
Había un hombre en la entrada. Llevaba un chubasquero azul con la capucha medio caída. Miraba la puerta de la casa de Reinier, más allá del seto, no el timbre de Herminia. La cara le entraba en el encuadre de tres cuartos; la cabeza, calva en la coronilla y rubia clara en las sienes, se inclinó hacia delante cuando pulsó el timbre. Nadie abrió. El hombre esperó, no pulsó una segunda vez, echó un vistazo al reloj. Entonces se giró a medias hacia la cámara. En ese momento la capucha resbaló un poco más y asomó el borde de unas gafas. Una montura fina, de forma redonda, con el borde superior algo más grueso que el inferior.
El clip se detuvo.
Reinier miró el agua quieta que tenía delante. Jip recogió el sedal y volvió a lanzar.
—¿Ferdinand? —dijo Roosje—. Pero ¿no lleva veinte años en Suecia?
—Lleva veinte años en Suecia.
—Entonces ¿qué hace delante de nuestra puerta?
—No es él.
Roosje ladeó la cabeza, como si quisiera oír la frase otra vez, en otro tono. Reinier dejó el móvil en el regazo, con la pantalla hacia arriba, y no corrigió nada.
—La app de Herminia dice que es él —dijo Roosje.
—La app de Herminia dice que esta cara lleva una etiqueta que ella metió en algún momento.
—La etiqueta Ferdinand.
—La etiqueta Ferdinand. Que tiene trece años.
—¿Y la cara de ese vídeo?
Volvió a poner el clip. El hombre se giraba, la capucha resbalaba, las gafas aparecían. Reinier paró la imagen en el segundo dos y dejó el dedo suspendido sobre la pantalla, como para señalar algo que no estaba ahí. La cara se quedó colgada en ese punto, medio perdida en la niebla de la grabación. Era la cara de alguien que se parecía a Ferdinand. De alguien que se parecía tanto a Ferdinand que lo poco que Reinier recordaba de Ferdinand encajaba encima sin esfuerzo, y eso decía más de su memoria que de aquella cara.
—Alguien que se le parece —dijo.
Roosje esperó a que dijera quién.
No lo dijo. Miró las gafas en la imagen congelada y pensó, contra su voluntad, algo que llevaba mucho tiempo sin pensar: una forma de mandíbula que de chico aún no sabía nombrar porque entonces todavía no era dentista, y un compañero de clase que el último día de curso había entrado en la cafetería con las gafas de otro. La misma forma redonda. El mismo borde superior algo más grueso. Más tarde, hacia el cambio de siglo, había vuelto a ver aquella montura, en una foto que acompañaba una tarjeta de cumpleaños que había pasado por la casa de los Klopper y que después había ido a la basura.
—Rein.
—No estoy seguro —dijo, y era verdad—. Lo que sí sé es que no es Ferdinand.
Apagó el móvil y lo dejó en el suelo, entre los zapatos. Bebió café.
Junto al agua, Jip gritó que no picaba nada. Sien no reaccionó.
—Voy un momento con él —dijo Reinier, y se levantó.
Fue detrás de su hijo por la orilla hasta los sauces. Estaba más lejos de lo que había calculado desde la silla y el suelo era más blando. Jip volvió a lanzar; el flotador se hundió entre las hojas. Reinier se puso en cuclillas a su lado, en la orilla.
—Papá —dijo Jip—. Sien no ha dicho nada esta mañana.
—¿No?
—Ni a mí ni a ti. Le ha dicho buenos días a mamá y ya está.
—Sien tiene diecisiete años —dijo Reinier—. Diecisiete es una edad en la que no siempre hace falta hablar.
—¿Y cuándo sí hace falta hablar?
—Cuando alguien pregunta —dijo Reinier, con los ojos en el flotador.
—Ah.
Jip recogió el sedal, movió un poco el flotador y volvió a lanzar. Por lo visto la respuesta le bastaba. Reinier se quedó un momento más en cuclillas, mirando cómo el agua se cerraba sobre el plomo. Luego se incorporó.
De vuelta hacia las sillas llevó el móvil suelto en la mano, sin mirarlo. En la puerta de la casita estaba Sien, ahora con el jersey anudado sobre los hombros y el libro bajo el brazo. Lo miró sin cambiar de postura.
—Papá —dijo.
—Mamá dice que Herminia ha mandado algo.
—Sí.
—¿Qué?
—Un vídeo de alguien que estaba delante de nuestra puerta.
Sien asintió. Empujó el marco de la puerta con la palma de la mano, como si comprobara que la madera cedía.
—¿Y quién estaba delante de la puerta?
—Alguien que se parecía a un viejo amigo mío.
Volvió a asentir, más despacio ahora, y entró en la casita sin cerrar la puerta tras de sí.
Reinier volvió a sentarse en la silla plegable. Roosje se había levantado a por café recién hecho y la niebla había subido medio metro; a los sauces volvía a vérseles el pie. Cogió el móvil, abrió otra vez el clip y lo paró en el mismo punto de antes.
Las gafas. Redondas, de montura fina, más gruesa arriba que abajo.
La mandíbula que se veía debajo, ancha, de barbilla corta. El vello rubio claro de la sien. No conocía aquella cara de ayer ni del año pasado. La conocía de la cafetería de De Blauwe Poort, del último día de clase del penúltimo curso, cuando justo antes de la foto de grupo se habían intercambiado gafas porque a alguien le pareció una buena broma.
Hacía treinta y un años. Ferdinand había pasado el resto de la tarde con la montura de otro, y en la foto salía sin sus propias gafas, y el profesor que repartió las copias lo había dicho en voz alta: Broeksma se escribe con d al final, chicos, no con t. Como si la ortografía fuera lo único que hubiera que corregir aquel día.
Quien llevaba en aquella foto las gafas intercambiadas, a la izquierda de Reinier, con la mandíbula ancha y la barbilla corta, no había sido Ferdinand. Reinier lo había sabido siempre, igual que se sabe qué muela falta en una boca: se ve al instante, y solo se dice cuando alguien lo pregunta.
Reinier dejó el móvil boca abajo sobre el muslo. Apuró el café y sostuvo la taza con las dos manos hasta que dejó de notar el calor. Junto al agua, Jip volvió a lanzar; el sonido del plomo llegó un instante después que el círculo en el agua. Dentro de la casita, Sien arrastró una silla por el suelo, una vez, y después allí se hizo el silencio.
Roosje volvió con la cafetera y le llenó la taza sin preguntar. Se sentó, miró la laguna, luego lo miró de reojo.
—Rein —dijo—. Entonces ¿quién es?
Es Diederik.